Trece escalones


Esta reseña se encargará de relatar una sublime y siniestra obra del escritor y periodista estadounidense Truman Capote. A sangre fría (1966), es un magnífico trabajo periodístico que narra el escalofriante asesinato de la familia Clutter, en el pueblo de Holcomb situado en el estado de Kansas. Acontecimiento acaecido en el año 1959.
En esta pieza Truman Capote lleva al lector cíclicamente hacia los acontecimientos, es decir, el autor posee la versatilidad de situarnos en su primer capítulo en el futuro, cuando la familia Clutter fue asesinada, de allí a que este capítulo se titule: “Los últimos que los vieron con vida”. De igual manera lo hace hacia el pasado, en los capítulos posteriores, vemos a los Clutter relacionándose habitualmente entre ellos y sus amigos.
Los Clutter una familia tranquila, habitantes de una zona rural, miembros de la iglesia metodista del pueblo a la cual acudían cada domingo, su fuente de ingresos era la agricultura, el jefe de la familia, Herbert Clutter, se convirtió del consejero agrícola mal pagado del condado a uno de los más conocidos y respetados terratenientes de la región, era un hombre modesto pero orgulloso, había creado una hermosa familia que habitaba en la finca River Valley, compuesta por: Bonnie (esposa); Kenyon (hijo de 15 años); Nancy (hija de 16 años). Los Clutter no eran millonarios, pero si, una familia próspera digna representante del prototipo de familia norteamericana. De allí a que el asesinato haya causado tanta consternación en los habitantes de la zona, puesto que si alguien había sido capaz de asesinar a esta familia, la situación sugería que cualquiera podía morir asesinado en un santiamén.
Capote sumerge al lector en una realidad ostensible que se encuentra henchida de miedo, tristeza y desesperación. A medida que el lector se adentra en las páginas de la historia, se zambulle en la existencia ostensible de Holcomb. Capítulo a capítulo el lector espera de una manera un tanto nociva llegar al momento cumbre, a ese en que los cuatro miembros de la familia Clutter son cruelmente asesinados. El autor en su obra abordará diversos aspectos: la criminalidad, el sistema judicial, la humanidad que hay detrás de un asesino y el terror.
El tercer aspecto -la humanidad tras el verdugo-, queda plasmado maravillosamente en la obra gracias a las fascinantes y reflexivas entrevistas que Truman Capote obtuvo de los asesinos, además de cartas y declaraciones que éstos dejaron a sus familias, abogados, jueces, periodistas y amigos.
Richard Eugene Hickock de 27 años y Perry Edward Smith de 30, convictos con libertad condicional; fueron arrestados en más de una ocasión por hurtos, fraudes y peleas, pero además del carácter y sus faltas "inofensivas", la balanza no se inclinaba a que en algún momento pudiesen cometer un crimen de tal magnitud, o por lo menos ello era lo que alegaban sus familias.
Richard o más conocido como Dick y su amigo Perry; tuvieron vidas difíciles (principalmente el segundo), hijos de familias humildes, se criaron en medio de problemas y maltratos, falta de oportunidades, después el alcohol, drogas y esa sed por conseguir dinero desentendiéndose de cualquier pizca de moralidad; robando, vendiendo su cuerpo y matando.
Resulta que Dick en uno de sus pasos por la prisión tuvo un compañero de celda, llamado Floyd Welles, quien le habló de un simpático y samaritano jefe que tuvo al oeste de Kansas. Welles percibió el interés de Dick hacia su antiguo jefe, y no le vio problema alguno, respondía sus cuestionamientos como forma de matar el tiempo por medio de la conversación. ¿Tiene caja fuerte? Sí, claro que la tiene, en la sala... o eso parecía...
Y no, el señor Clutter no tenía ninguna caja fuerte, es más ni dinero en efectivo le gustaba llevar consigo. Pues bien, las preguntas de Dick eran rutinarias, se obsesionó con la idea de robar la casa de los Clutter, amordazarlos y matar a cada uno de sus miembros (pues ya sabía quiénes eran, en qué dormitorios estaban ubicados y cómo se disponía el hogar). Floyd Welles tiempo después frente a un juzgado, no imaginaría que lo cuestionarían por no haber apaciguado la conducta psicótica de Dick.
El sábado 14 de noviembre de 1950 a las 11 de la noche, mientras que algunos miembros de la familia Clutter se alistan para dormir, Nancy se dedica a su “momento de egocentrismo”, como ella llamaba al hecho de lavarse y cepillarse el cabello frente a su espejo en la noche. Pero ese instante de narcisismo fue paralizado por voces y forcejeos en el primer piso de su casa. Dos hombres asomaron en su recamara, estrujando a su padre y embadurnando cada instancia de la finca con improperios. Buscaban una caja fuerte, que no existía. A cada miembro de la familia lo amordazaron, mientras buscaron, revolcaron y esculcaron, pero al ver fallida la tarea de encontrar dicha caja; decidieron matar a aquellas cuatro personas.
Con una escopeta del calibre 12 le dispararon a cada uno en la cabeza y, al señor Clutter, aquel que trató de defender serenamente a su familia, también lo degollaron. En tres horas se llevó a cabo el macabro hecho, los asesinos salieron de River Valley a las dos de la mañana; su botín consistía en una radio que pertenecía al miembro menor de la familia, Kenyon, y sólo 40 dolares que poseía el señor Clutter (a quien, dicho sea de paso, no le gustaba tener dinero en efectivo en su casa).
El terror embargó a la pequeña población rural los días posteriores al asesinato. El terror llevó a que la población se redujera considerablemente; pues varios habitantes decidieron dejar el pueblo. El terror contribuyó al alza en las ventas de cerraduras y cerrojos. El terror produjo que las familias pasaran las noches en vela y armados, Holcomb era todo un espectáculo, las ventanas estaban iluminadas durante toda la noche. Pero lo peor fue que el terror condujo a la desconfianza, la estigmatización, los que eran amigos, vecinos y compañeros de toda la vida, se recelaban. Holcomb había dejado de ser la morada rural tranquila que había sido. El miedo individual se encargó de profundizar la consternación y el horror, ¿Quién odiaba a los Clutter?, se preguntaban los habitantes. Mientras no se encontraran los culpables del funesto crimen, el terror seguiría imponiendo su presencia en Holcomb, pues la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror.
Cuarenta y siete días persistió el terror, pues el 30 de diciembre de 1959 Richard Hickock y Perry Smith fueron capturados gracias al testimonio del convicto Floyd Welles.
Dick y Perry tras varios juicios, evidentes confesiones y pruebas, fueron sentenciados a pena de muerte. Dick fue declarado por lo que en psiquiatría se llama: un grave trastorno de la personalidad; él sabía lo que estaba haciendo en dicho instante. Mientras que Perry presentaba síntomas indiscutibles de una enfermedad mental, esquizofrenia paranoica; y no, no era consciente del bien o el mal en el momento de cometer el crimen. Pues como lo revelará frente al juzgado: él fue quien ejecutó todos los asesinatos. La esquizofrenia paranoica hace que los mismos culpables se pregunten por qué les han dado muerte a sus víctimas, pues en cada caso el asesino se sume en un trance disociativo, en una especie de sueño, y cuando despierta se da cuenta que ha asesinado. Según la sentencia del tribunal Dick y Perry tenían que ser ejecutados seis semanas después de la condena, pero por tantos ires y venires en cuanto a la abolición y restauración de la pena de muerte en el estado de Kansas, además de las apelaciones de los cautivos, transcurrieron seis años para que su condena fuera efectiva el 14 de abril de 1965.
Dick ahora de 33 años y Perry de 36, fueron trasladados hacia el patíbulo ubicado en un cavernoso almacén donde guardaban piezas de hierro, trastos viejos, maquinaría antigua, atavíos de béisbol y una horca de madera. Subiendo los trece escalones que los dirigían hacia su elegante verdugo y su compañera de tormento, quien lucía; tosca, fría, sin pintar y con un vago olor a pino, se pronunciaron ante el público de la siguiente manera; el primero fue Dick: “No os guardo rencor. Me enviáis a un mundo mejor de lo que este fue para mi”. Fue sólo cuestión de minutos para que le correspondiera el turno a Perry: “Es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo, algo... Pido perdón. Y con estas últimas palabras fueron ahorcados los perpetradores del crimen más atroz cometido en la historia de Kansas.


RECOMENDACIONES:
A sangre fría (1967), del director: Richard Brooks.
Capote (2005), del director: Bennett Miller.

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