Segunda doncella
La
presente reseña es acerca de una novela negra de la escritora británica Daphne
du Maurier, Rebeca (1938). Esta misteriosa, inquietante y perturbadora obra,
por medio de la protagonista, (quien será la narradora de la misma y de quien nunca
sabremos su nombre o edad) nos transporta hacia su psique; evidenciando los
cambios que conforme transcurre la historia se van a ir perpetuando en ésta,
pues es una joven bastante insegura, celosa y temerosa de sí, sentimientos que
van a generar en ella un horror que se tornará a lo largo de la novela en
desesperación.
La
obra se centra en la historia de un viudo llamado Maximiliam Winter, hace un
año murió su perfecta esposa, Rebeca (a quien todo el mundo amaba y admiraba) sucumbió
ahogada en el mar mientras daba un paseo en su barco de vela “Je reviens” (Volveré)
el cual zozobró, del navío jamás se supo y su cuerpo fue hallado dos
meses después a 60 km costa arriba en alto grado de descomposición. Fue
necesario que Maxim la identificara. Este hecho consterno a todos, pues se sabía que
Rebeca era una experta navegante, pero pues ni modo, “tiempo y mareas a nadie
esperan”. Compadecían al pobre Maxim, tras ese golpe tener que identificar el
cuerpo descompuesto; no fue tarea fácil.
La
historia era conocida por todos los miembros de la alta sociedad, se oían rumores
sobre lo qué haría el ahora viudo con la hermosa finca Manderley donde había
vivido con su bella esposa y seguro le
traería penosos recuerdos. Mientras Maxim se encontraba en unas vacaciones
en Montecarlo, conoció a la joven protagonista de la novela, ésta trabajaba
como dama de compañía de la acaudalada señorita Van Hopper. Para sorpresa de
todos allí Maxim sintió un interés ansioso por la natural joven y no pasaron
muchos días para que le propusiera matrimonio, ante lo cual, la joven más que
dubitativa; ansiosa, aceptó, pues a pesar de las crueles palabras de la
señorita Van Hopper: ―“No supondrás que se ha enamorado de ti, lo que ocurre es
que se encuentra solo. No puede aguantar aquella casona vacía”, ella se enamoró
desesperadamente.
Manderley
era una hermosa finca. Tal como lo describe la narradora se percibe como un
paraíso terrenal, el jardín de la mansión poseía toda clase de flores exóticas,
además de un “Bosque feliz”, que comunicaba con el mar y un poco más arriba, en
la playa, se encontraba una casita al servicio de los instrumentos de pesca y
los artefactos del barquito de Rebeca, aunque a lo largo de la historia, se
entenderá que aquella no era una simple casita de chécheres…
Como
se supondrá, la protagonista estaba nerviosa de llegar a Manderley, pues ella
era una joven sencilla y no estaba acostumbrada a los lujos, toparse con una
comunidad llena de convencionalismos y comparaciones afectó enormemente su
manera de ser. ¡Qué distinta es de Rebeca!, ―se oía susurrar a los empleados de
la mansión—. Quienes, dicho sea de paso, no estaban muy a gusto con su
presencia, especialmente la señora Danvers, quien fue fiel admiradora de su
antigua patrona y niñera cuando ésta era niña; la veneraba de una manera
enfermiza y fanática. Odiaba a la protagonista pues creía que iba a suplantar
a su señora. La vida de los recién casados transcurría penosamente en Manderley.
Maxim se encontraba triste y pensativo ¡Seguro pensando en su antigua esposa! —cavilaba
la joven―, le traía muchos recuerdos aquel lugar. Además las cosas seguían tal
cual como si Rebeca estuviera con vida, era algo mórbido, su habitación no
había sido renovada, aún se encontraba la pijama que usó el último día con
vida, los cepillos para el cabello se hallaban en el tocador, los vestidos, los
zapatos, todo se encontraba igual, era como si fuera a atravesar la puerta en
cualquier instante.
La
señora Danvers se encargaba de que todo siguiera semejante, la habitación de
Rebeca no podía ser aseada por ninguna otra doncella y allí estaba vedado el
paso para los demás empleados, cabe decir que ésta habitación era la mejor de
toda la mansión, la más grande y con vista y escucha al mar. Para la pareja de
recién casados se facilitaron las antiguas habitaciones de huéspedes, que
aunque eran hermosas, no se comparaban con la primera, ¡Seguro el escuchar y
ver el mar le trae amargos recuerdos a Maxim!, ―se decía la joven— quien tardó
muchos días en entrar a la habitación de Rebeca.
Los
días transcurrían lentos en Manderley y la joven cada día sentía que el
ambiente se cargaba de silencios, secretos y cosas de no mencionar. Se había
obsesionado con Rebeca, sentía una curiosidad fisgona, quería saber todo sobre
ella, pues a donde quiera que fuese le decían lo hermosa y popular que ésta
había sido, además, de lo mucho que se quería con Maxim. Asunto que le dolía incisivamente,
pues desde que habían regresado de la luna de miel, Maxim se mostraba distante.
Los recuerdos, las reminiscencias de su amada Rebeca no lo dejaban en paz —pensaba
la joven—. La narradora sentía que aún estando muerta, Rebeca había ganado ¡No
podía luchar contra Rebeca!
Su
angustia la llevó de una manera obcecada a imaginarse a Rebeca, ya sabía cómo
era, sí, más alta que ella, piernas largas, pies pequeños, cabello negro como
la noche, tez blanca, valiente, simpática, hermosa y fácil de amar. Por su
parte ella, era mezquina, convencional, miedosa de las murmuraciones, tal como
los sirvientes, como una segunda doncella; le dijo su moza a modo de galantería
en una ocasión, pero esto más que alargarla la hirió…
A
Maxim no le agradaba que la joven saliera a la playa, y mucho menos que fuera a
la casita, pero como ella no tenía más que hacer, en una ocasión lo hizo, al
ingresar a ésta se sorprendió al verla finamente amoblada pero descuidada, ¡como
si alguien hubiese vivido allí! Se topó con el cuidador de ésta, Ben, un joven
con problemas mentales que al verla se turbó, pero al comprobar que no era “la
otra” que lo golpeaba, insultaba y amenazaba con ingresarlo a un asilo, se
tranquilizó.
En
Manderley antes de la muerte de Rebeca se celebraban unas magnificas fiestas de
disfraces que daban de qué hablar durante semanas, hasta meses. Los pobladores
que ya habían ido a conocer a la nueva señora de Winter, afanosamente pedían a
los desposados que realizarán la fiesta pronto; pues echaban de menos la
alegría de Manderley. La protagonista, que nunca tomaba su lugar como señora de
la casa, decidió insistir en que se realizara y así se hizo, pensar en el
disfraz que iba a lucir aquella noche la alegraba, la inspiraba suponer que iba
a sorprender a Maxim, que iba a estar hermosa y todo la región hablaría de lo
bella que lucía la nueva señora de Winter con aquel disfraz.
Pero,
¿de qué se iba a disfrazar?, quería maravillar a todo el mundo, ordenaría confeccionar el traje a una casa de moda de Londres, y así lo hizo, con la ayuda, increíblemente
de la señora Danvers, quien se mostró amable al sugerirle que se disfrazara de
la tía abuela de su esposo; Lady Winter. Ella felizmente aceptó la sugerencia,
las cosas se tornaban diferentes, ¡Sí podría ser feliz en Manderley!
La narradora inocentemente se disfrazó de Lady Winter y ello fue una jugarreta de la señora Danvers, pues del mismo personaje se había disfrazado Rebeca en la última fiesta que se llevó a cabo en la mansión. Maxim la ignoró durante horas y la obligó a cambiarse. Ella sufrió, se devastó, ahora estaba segura que Maxim no la iba a querer como a Rebeca, pues pensaría que lo quería hacer sufrir adrede al recordarle a ésta. Por otro lado, la fiesta estuvo esplendorosa y finalizó tradicionalmente a la madrugada con una serie de fuegos pirotécnicos.
La narradora inocentemente se disfrazó de Lady Winter y ello fue una jugarreta de la señora Danvers, pues del mismo personaje se había disfrazado Rebeca en la última fiesta que se llevó a cabo en la mansión. Maxim la ignoró durante horas y la obligó a cambiarse. Ella sufrió, se devastó, ahora estaba segura que Maxim no la iba a querer como a Rebeca, pues pensaría que lo quería hacer sufrir adrede al recordarle a ésta. Por otro lado, la fiesta estuvo esplendorosa y finalizó tradicionalmente a la madrugada con una serie de fuegos pirotécnicos.
A
la mañana siguiente, cerca de la costa de Manderley encalló un barco, la playa
se atiborró de espectadores, un acontecimiento de ésta índole no era muy común,
de hecho, algunos decidieron llevar sus viandas y pasar todo el día en la
playa observando de qué manera ponían el barco de pie. La joven y Maxim
también estuvieron, aunque cada uno por su lado, puesto que después de la noche
anterior él no quería darle la cara. Ella sufría, ya estaba pensando en
abandonarlo.
Pero
la historia está por dar un giro inesperado… Mientras un buzo estaba observando
la parte inferior del barco encallado, vislumbró un barquito hundido de nombre
“Je reviens”, cuando ingresó a éste, se sorprendió al hallar en el camarote un
cuerpo.
Era
Rebeca y ahora Maxim estaba en problemas, pues había identificado otro cuerpo,
¿qué estaba sucediendo? ―Todos se preguntaban―. Maxim decidió sincerarse con la
joven y le relató la verdad, ¡Rebeca no era normal! Odiaba todo cuanto se
movía, despreciaba a la gente, tenía múltiples amantes que usaba solo por
conveniencia, se deleitaba cuando las parejas se peleaban por ella y repudiaba
principalmente a su esposo, lo amenazaba advirtiéndole que de dejarla, ella se
quedaría con Manderley. Maxim aguantó, pues el pecado que está a punto de
confesar lo cometió por amor a Manderley…
La
casita de la playa, como dije al inicio del escrito, no era una casita
cualquiera, ésta resguardaba a la verdadera Rebeca, la que era vil y alevosa,
en esta casita se encontraba con sus amantes, allí refulgía su verdadera
identidad. Aquella noche lo iba a hacer con su primo hermano Favell, sí, él
estaba enamorado de ella y creía que se iban a casar, pero Rebeca no lo amaba,
de hecho, este sentimiento, según Maxim, nunca lo sintió por ninguna criatura. Favell
y Maxim, evidentemente se odiaban, el segundo le había prohibido la entrada a
Manderley y de hacerlo se arriesgaría a que le disparara, también le había
advertido a Rebeca que se encontrara en algún lugar de Londres con sus amoríos.
Esa
noche cuando Maxim llegó a Manderley y no encontró a Rebeca, lo sospechó, se
dirigió a la casita con el arma entre las manos, dispuesto a dispararle a
Favell, pero éste no se encontraba, la bella Rebeca estaba sola, Maxim empezó a
discutir airadamente y ella respondía socarronamente, le dijo que estaba en
embarazo, que no era de él, de hecho, no sabía de quién era, pero sí sabía que
iba a heredar Manderley, Maxim no aguantó tales palabras y en medio de las
carcajadas de Rebeca, le disparó al corazón mientras ella aún sonreía…
Posteriormente
llevó su cuerpo al barquito de vela, y propinó con un hierro tres agujeros en
el casco. Seguidamente lavó todo rastro de sangre; le costó hasta el amanecer
pero la casita quedó como si nunca se hubiese llevado a cabo el macabro acto.
Dos meses después Maxim reconocería un cuerpo como el de su esposa y hasta ahí
la historia…
Ahora,
dime que me sigues amando; le dijo Maxim a la joven, y ella respondió
arrodillándose a su lado y besando sus manos. La narradora —después de la
confesión, de saber que Rebeca no había sido la Rebeca que todos y ella misma sublimaban,
junto con el hecho de que Maxim la aborrecía― sintió una dicha que se ostentó en su nueva forma de actuar, estaba feliz tras saber los negros nubarrones que
se avecinaban; a Maxim lo investigarían y de hallarlo culpable, le esperaría la
horca. Pero ella estaba feliz, Rebeca se iba
desdibujando de Manderley.
Maxim
fue llamado a declarar y después de un arduo juicio, se sentenció que la causa
de la muerte de Rebeca fue el suicidio. Favell, quien sospechaba de Maxim, no
conforme con la decisión, mostró como prueba una carta en la que Rebeca lo
citaba la noche en que murió como muestra de que ella no tenía motivos para
suicidarse, el juez inicialmente se manifestó reacio, pero conforme Favell iba
hablando en compañía de la señora Danvers, se mostraba más dubitativo.
La
última tarde con vida, Rebeca asistió a una cita con el ginecólogo, decidieron
llamar al doctor y a la mañana siguiente marcharon afanosamente donde él, quien
podría facilitar una prueba fehaciente de si Rebeca tenía o no, algún motivo
por el cual no seguir viviendo. Maxim no sabía nada de aquello y se manifestaba
cada vez más intranquilo, la horca, seguro la horca lo iba a aguardar. ¡Hemos
perdido las pocas probabilidades que teníamos de ser felices! —se repetía la
narradora―.
El
doctor no recordaba haber atendido nunca a una tal Rebeca de Winter, además,
ese día solo atendió a una señora Danvers, una hermosa e imponente mujer. Pues
era Rebeca que se había cambiado el nombre para no levantar sospechas. Después
de una afanosa búsqueda y de argumentar que iba en contra de las políticas de
su profesión, relucir los resultados de sus pacientes; lo hizo por ser de
carácter urgente.
—Esa
mujer estaba gravemente enferma, tenía cáncer, éste ya la había invadido y
pasados tres o cuatro meses sólo podría soportar el dolor a base de morfina,
además existía una deformación en el útero, que la hacía incapaz de tener
hijos.
Todos
quedaron estupefactos, principalmente Favell, quien se preguntaba: ― ¿El cáncer
es contagioso?...
Reiniciaron
sus respectivos caminos y la narradora pensaba que cada momento es una cosa
preciosa que encierra la esencia de lo absoluto, ahora se sentía diferente,
había crecido, se notaba en su aspecto y en su interior, era madura; guardaba
un secreto mortal.
Mientras
se iban acercando a Manderley, se figuraba en el cielo una aurora boreal, pero
no era esa la época de que asomaran, ¿qué sería?, parecía que estuviese
amaneciendo, eran unos destellos rojizos. ¡Manderley es Manderley!, del paraíso
terrenal que fue no quedaba rastro alguno. Manderley se había quemado,
seguramente fue la señora Danvers —es lo que da la autora a entender en la
obra― de la hermosa casa no quedaba vestigio alguno, con ella se quemaron
también los recuerdos infames que allí se resguardaban y, el perpetrador del
lóbrego hecho, ahora podría ser feliz con aquella chica de nombre oculto,
cómplice por su silencio; tal como lo hubiese hecho una segunda doncella.
RECOMENDACIONES
Rebecca
(1940), largometraje del director británico Alfred Hitchcock.
La
señora de Winter (1993), novela de la escritora inglesa Susan Hill.
El
síndrome de Rebeca: guía para conjurar fantasmas amorosos (2014), libro de la
escritora uruguaya Carmen posadas.
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