La flor de sangre

En las siguientes líneas relataré un libro estupendo que lleva por nombre: El Ruletista; del poeta, narrador y crítico literario rumano Mircea Cărtărescu. Cabe decir que este libro fue prohibido durante años en Rumania por lo explícito de su argumento.
¿Por qué decidí titularlo La flor de sangre? Porque esta breve pero intensa pieza, menciona aquellos hombres que se ganaban la vida por medio del juego de azar conocido como La ruleta rusa, y aquellos que perdían dejaban, además de parte de su cráneo y cerebro en el piso, una mancha en forma de flor creada con su sangre en la pared.
Cărtărescu en esta obra presenta a un personaje sin nombre, pero que en el bajo mundo – en ese donde lo prohibido, sucio y profano adquiere un carácter sacro- era conocido como El Ruletista. Un hombre que desde su infancia vivió consumido por la decadencia y la miseria. El Ruletista no obtuvo suerte en ningún tipo de juego; ni desde niño con los simples juegos de canicas, hasta adulto con las carreras de caballos, lanzamiento de herraduras y  póquer.
Leer esta pieza es muy gratificante, y quien la relata (un anciano escritor moribundo de 80 años) que conoció Al Ruletista en su niñez y juventud, se encuentra dejando constancia  escrita de la existencia de un hombre que competía fervientemente con la Muerte. Y así es, allí se encuentra el meollo del asunto, o mejor dicho de la obra. El Ruletista, de pie en un cajón posaba un revólver en su cabeza ante los ojos expectantes de una multitud de las más altas elites intelectuales de la época.
Esta multitud semejante a vampiros (para hacer alusión al escrito de hace unos días) por la sevicia con que observaban el espectáculo, y la decepción y furia cuando los hombres que posaban las armas (Ruletistas) salían indemnes.
Pues bien, El Ruletista en su oficio fue el mejor, pasó de apostar con 1 cartucho hasta hacerlo con 5 cartuchos dentro del tambor, teniendo una posibilidad de entre 6 de salir victorioso y, ¡así fue! Este hombre, este Ruletista, no lo hacía por dinero, aunque se volvió rico; lo hacía por alcanzar la gloría, aquella que nunca obtuvo de otra manera.
Aunque en palabras del anciano relator; este hombre quien fue más poderoso que el azar, su mala suerte no feneció allí. El Ruletista compitió con la Muerte en su última aparición llamada “Ruleta de navidad”, insertó 6 cartuchos en un revólver Winchester, es decir o moría o moría, pero la Muerte ya tenía preparado otro escenario y obra para su finitud.
Un hombre simple, que fue humillado en sus momentos de embriaguez, desconocido, vituperado; consiguió la fama y admiración de las personas más ricas, pero ¿a cambio de qué? de competir con el azar, con el destino. Obtuvo veneración de unos seres que se excitaban con la muerte, que gozaban al ver y escuchar el estallido de un cartucho en el cráneo de un ruletista, ¿Podría ser suerte alguna el hecho de que nos veneren por arriesgar en contra de toda predicción nuestra vida para satisfacer a unos seres egoístas, que poco o nada se interesan por la existencia u óbito del bufón que está en frente?
El que está allí, en frente, de pie, posando un arma en su sien, es un desgraciado reemplazable para una sociedad sanguinaria. Y para finalizar cito un apartado de la obra, algo que concluyó el anciano escritor y además, moribundo relator de la historia del Ruletista.
“El Ruletista apostaba contra sí mismo. Cuando se llevaba la pistola a la sien, él se desdoblaba. Su voluntad se volvía en su contra y lo condenaba a muerte. Estaba firmemente convencido, cada una de las veces de que iba a morir. De ahí, creo, esa expresión de pánico infinito que afloraba en su rostro. Pero puesto que su mala suerte era absoluta, lo único que podía hacer era fracasar siempre en todos y cada uno de sus intentos de suicidarse”.


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