El vertebrado razonable
Esta
reseña cuenta la historia de la segunda obra de la trilogía Nuestros antepasados del autor italiano Italo Calvino.
El barón rampante, es la fantasiosa historia del
barón Cosimo Piovasco di Rondò, quien apenas a la edad de 12 años decide romper
con el mundo “ideal”, aquel que se cree un debe ser y escoge vivir en los árboles.
La historia es narrada por su hermano ahora anciano, Biagio, él se encarga de contar un sin
número de aventuras majestuosas, insólitas y tristes.
La vida de El barón rampante, tiene lugar en el reino de Ombrosa. Cosimo es hijo del barón padre,
quien presta poca atención al mundo circundante; su madre fue militar de La Guerra de Sucesión Española; una hermana mayor llamada Battista, obligada a ser monja
doméstica por poseer una gran voracidad sexual; su hermano Biagio, 4 años menor que El barón y fiel
admirador, pero no tanto para seguirlo en su fantástica rebelión.
Y
es que este aspecto –rebelión- lo aborda Calvino en su obra de la manera más
divertida posible, el heroísmo poético y soberbio de Cosimo es evidente en
todas sus aventuras y también el desdén hacia
los asuntos políticos de su familia, de allí a que considerara las pretensiones
al ducado como simples manías de su padre. En cuanto a la desenfrenada decisión
de habitar en los árboles, Biagio apunta que se debe al rencor de Cosimo contra la
sociedad.
Yo
por el contrario, opino que la medida se debió al amor. A una promesa que
realizó el primer día de su estadía en lo alto. Ofrenda que jamás olvidaría
puesto que la realizó a su tormento, a quien siempre amó y nunca pudo tener. Lo
que empezó como un juego de niños terminó por ser la vida de Cosimo.
Los
días se convirtieron en meses y éstos en años. Cosimo nunca pisó tierra como lo
prometió a su estoico amor, Violante. Él se desplazaba por los árboles
invisible e inaudible, creó territorio allí, visitó diversas regiones pues el follaje
arbóreo era vastísimo. Lo señalaron (como siempre se hace cuando algo se
desborda de los límites “racionales” de la sociedad) de estar loco, endemoniado y se generó
la fugaz idea de exorcizarlo.
Cosimo
se convirtió en un solitario que no huía de la gente, al contrario, entabló
amistad con aquellos que despreció e ignoró en el pasado: las pandillas de
ladronzuelos, los aldeanos, siervos y campesinos. Su acción se debió al hecho de
adoptar como lema: “desde arriba todos son iguales”.
Fue
amigo de todas las especies, cuenta su hermano que una cabra y una gallina lo
visitaban ocasionalmente para que él ordeñara a la primera y obtuviera de la
segunda los huevos que dejaba en algún árbol. También se convirtió en un audaz
cazador y fiel lector, de allí a que floreciera
un deseo por el conocimiento humano, una
afición por narrar su vida sobre los árboles, hablar sobre lo verdadero y lo
justo y, finalmente la utilidad que podría ser su estancia en los árboles para
el prójimo.
A
partir de éstas disertaciones Cosimo decidió escribir un Proyecto de constitución de un Estado ideal fundado en los árboles,
allí describía la imaginaria República de Arbórea habitada por hombres justos. Fue
tal su orgullo al haber escrito este proyecto que lo envió a Diderot. El contacto
con pensadores y famosos de la época fue cuantioso puesto que su fama era
enorme en el extranjero, al punto de que Voltaire preguntará por “el famoso filósofo
que habita en los árboles como un mono.”
También
lo visitó Napoleón, en su recorrido por los “mayores talentos y fenómenos del
siglo”, éste afirmó después de una charla sustanciosa con Cosimo: “Si yo no
fuera el emperador Napoleón me hubiera gustado ser el ciudadano Cosimo Rondò.”
Pasaron
los años y El barón rampante tenía 65 primaveras y parecía más viejo por las vicisitudes
que desde las ramas sufrió y, además de la tristeza que llevaba su corazón porque
aunque despertaba fascinación sobre las mujeres, nunca pudo amar como quería a
quien quería. Cosimo decayó al punto de vivir de las limosnas del pueblo. De aquel
niño terco, el joven rozagante, el hombre utópico y el viejo sabio, ya no había
vestigio alguno. Y los ideales planteados en un principio ni él mismo los
recordaba. Pero lo que sí mantuvo fielmente hasta su muerte, fue la promesa que
hizo 53 años atrás de nunca volver a pisar la tierra.
Su
muerte fue igual que su vida: increíble. Un día pasaron en un globo aerostático
los hermanos Montgolfier (quienes inventaron esta aeronave), Cosimo agonizante
se sujetó de la cuerda de emergencia y se perdió en el horizonte que atravesó
el mar.
Termino
con la inscripción de la tumba familiar de El barón rampante: «Cosimo Piovasco
di Rondò -Vivió en los árboles - Amo siempre la tierra - Subió al cielo».
RECOMENDACIONES:
Robinson
Crusoe (1719) del escritor inglés Daniel Defoe.
Le
confessioni dʼun Italiano (1867) del escritor italiano Ippolito Nievo.
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