La noche aciaga
"Antes
que me hubiera apasionado por mujer alguna,
jugué
mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia".
La
Vorágine
Esta reseña se encargará de
contar una hermosa y lúgubre obra que da inicio al ciclo de la violencia en la
narrativa colombiana. La Vorágine (1924), del escritor José Eustacio Rivera, es
una pieza fascinante que logra atrapar al lector con cada palabra y permite que
se sienta inmerso en aquella selva amazónica tan perfectamente descrita por el
autor.
La Vorágine deja atrás el modo
narrativo de un solo plano, en esta pieza vemos cómo surgen diferentes
narraciones a partir de las historias que personajes secundarios narran. El
personaje principal es el poeta Arturo Cova, quien, no deseaba casarse con Alicia,
un amorío (hasta ese entonces) fácil y por quien no sentía el amor ideal que
ambicionaba. Por otro lado, Alicia era una mujer inteligente y se negaba a que
la casaran a la fuerza con Arturo a quien le mencionó los planes de sus padres
y decidieron huir juntos.
En esta obra o poema al
Amazonas, a través de los ojos del poeta Arturo, se relata el genocidio que
vivieron los indígenas y algunas personas que migraron a la selva para
encontrar trabajo como siringueros (caucheros), cuando inició la “Fiebre del
caucho” en la región amazónica.
José Eustacio Rivera, en una
maravillosa lírica extasiada de lo hermoso y peligroso de la selva, fascina al
lector tanto con la hermosura del paisaje narrado como por las escenas
dantescas descritas. En La Vorágine se aprecia un lenguaje propio de la época
del autor; como también palabras de las tribus indígenas del periodo descrito.
En la odisea que enfrenta el personaje de la obra junto a sus compañeros Fidel
Franco, Antonio Correa y Clemente Silva, se realiza una descripción real de las
especies animales y vegetales del lugar. Pues cabe mencionar que el autor
estuvo inspeccionando los restos de la Casa Arana.
Odisea, es un término apropiado
para describir la aventura del poeta protagonista, puesto que La Vorágine
adquiere la narrativa de la epopeya grecolatina, que bien se puede ver
representada en la Odisea de Homero y en la historia de Orfeo y Eurídice. Mientras
que Orfeo bajó al infierno por Eurídice, Arturo se internó en el infierno verde
para buscar a Alicia, quien fue raptada por Barrera, el villano de la obra, con
el fin de venderla junto a la niña Griselda, esposa de Fidel Franco y amiga de
Alicia, como esclavas para el oficio de siringueros.
A lo largo de la historia,
Arturo y los personajes secundarios como Clemente Silva, señalan como un hecho
recurrente la dominante obsesión que subyace en el pensamiento de la riqueza en
cada hombre, y la línea endeble que existe entre dominar la naturaleza y
dominar al ser humano.
La fiebre... esa que desespera,
la que hace alucinar, la que acalora, la que debilita, la que enferma, la
fiebre del caucho, esa que desangraba a los a los indígenas y árboles inermes.
La fiebre que, así como acabó con árboles, acabó con vidas.
La fiebre también invadió al
poeta, en su mente, mientras cruzaban la selva virgen, vagaban dos fantasmas:
el del suicidio y el homicidio, quería acabar con sus compañeros. "¿Para
qué la tortura inútil cuando la muerte es inevitable y el hambre andaría más
lenta que mi fusil?" se preguntaba el poeta.
Arturo rechazó estos
pensamientos y por medio de las historias que le confió el anciano Clemente
Silva, su vida adquirió otro destino, además de encontrar a Alicia, su deseo,
ahora, era denunciar por medio de unos folios que escribió los crímenes atroces
que se estaban llevando a cabo en la selva. Contaría la cantidad de noches
aciagas de las que eran testigos los cientos de árboles mutilados, su ansia era
contarle al mundo y parar la matanza, si algún día salían de allí...
Clemente Silva llevaba dieciséis
años vagando en la selva, trabajó como siringuero, hasta que
logró "picurearse" (fugarse). Los siringueros eran esclavos y
debían pagar su precio, valor que nunca lograban recolectar, era una deuda que
los hijos heredaban y como toda esclavitud no acaba hasta vencer la vida de los
hombres. Silva trabajó toda la vida y no tenía nada, lo único que lo regocijaba
era el “cajoncito del tesoro”, en él reposaban los huesos de su hijo Lucianito,
quien se escapó de su casa en Pasto y fue reclutado para ser siringuero, allí
inició la odisea de Silva; encontrar a su hijo, ¡y lo encontró!, sepultado bajo
un árbol. Lucianito se quitó la vida porque no aguantó el peso de las deudas.
Cuando contaba su historia sin lágrima alguna decía: “hay que ser
avaros con el dolor, porque en el fondo de cada alma hay algún episodio íntimo
que constituye su vergüenza”.
Gracias a Clemente Silva, que
era un “rumbero” de profesión, es decir, la persona que sabe orientarse, Arturo
después de vagar y ser testigo de las torturas a las que sometían a los
indígenas en la calumniada selva del crimen, encontró a Alicia, quien además
llevaba en el vientre a su hijo. Clemente Silva se marchó antes (puesto que
solo él podría regresar a ese lugar de la selva) para entregarle al cónsul de
Colombia los escritos de Arturo Cova, con todos los vejámenes causados en La
fiebre del caucho.
Arturo se ubicó, según él, a
solo treinta minutos del lugar en que se encontraría con Silva después de
cumplir la importante misión; pero tras cinco meses de rigurosa búsqueda, Don
Clemente Silva, no los pudo encontrar, la selva se tragó a Arturo Cova, a
Alicia y a los demás.
“La selva misma, abierta ante el
alma como una boca que se engulle los hombres a quienes el hambre y el
desaliento le van colocando entre las mandíbulas”.
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