Degradante pasión


Esta reseña es sobre una célebre novela de la maravillosa escritora británica Virginia Woolf. La señora Dalloway (1925), esta pieza relata un día de la vida de Clarissa Dalloway en la Inglaterra de 1923 aquella que aún posee ecos de la Gran Guerra.
Ecos que se van a reflejar en algunas de las historias que Virginia Woolf relata en la obra. Pues si bien, la historia central es el día en que Clarissa Dalloway dará una fiesta, la autora agrega otros personajes cuyas crónicas se centran en la condición psicológica de ellos en el periodo de entreguerras.
Estos personajes en algún momento se encontrarán con Clarissa, cada historia posee un encuentro o una conexión con la central.
En esta pieza Virginia Woolf hace uso de la narrativa de flujo de conciencia, la cual permite que el lector conozca intrínsecamente a los personajes, se relacione con ellos, en tanto que puede saber lo que estos piensan, cuando no se relacionan con otro sujeto, sino consigo mismo.
Pues bien, como ya dije, el día que se narra en la novela es el día en que La señora Dalloway realizará una fiesta, ella es una mujer de la alta sociedad, se codea con las mejores familias de Londres, está casada con Richard Dalloway un hombre respetable con quien tiene una hija de diecisiete años, llamada Elizabeth. Aparentemente todo es normal y grato en la vida de Clarissa, pero mientras más avanza la obra, Woolf por medio de su narrativa de flujo de conciencia, nos hace entrever lo que realmente piensa y siente La señora Dalloway.
Clarissa, con su fino aspecto, su recatada actitud, soberbia en ocasiones, con esa facilidad con que despedazaba y volvía a pegar a la gente, no había podido evitar esa mañana dejar de pensar en su juventud. Aquella que vivió en Bourton en compañía de sus dos mejores y amados amigos, Sally Seton y Peter Walsh. Los amó, si, pero por Sally sintió un deseo prohibido en aquel entonces, una degradante pasión que corría por sus venas. Clarissa no podía resistir el encanto de Sally Seton, pero mientras ella ocultaba sus sentimientos, su otro amigo, Peter, se los revelaba. Él la amaba, le insistía que se fueran, que escaparan y conocieran el mundo. Pero Clarissa lo rechazó fríamente, puesto que sólo le interesaba ser una buena anfitriona, así como lo sería aquella noche.
Woolf juega de una manera divertida con la agudeza del lector, lo hace al crear encuentros entre personajes y escenarios, lo cual no es muy definido, pero sí tiene como resultado que algunos de los personajes se entrecrucen y las decisiones de unos sean definitivas para otros. Esta es la característica central de la obra.
Es por ello que cuando La señora Dalloway se encuentra comprando en la mañana las flores para su fiesta, justo en frente de la floristería Mulberry a Septimus Warren Smith, que iba con su esposa Rezia, le dio uno de aquellos ataques recurrentes que padecía después de haber estado en la guerra, esos trastornos que le inducían a decir a cada instante: ¡Me mataré!. Clarissa había visto a este joven, vio la escena, y no dejó de pensar durante todo el día en él.
Como la vida es de casualidades y en las novelas se afianzan aun más, pues resulta que en la tarde mientras La señora Dalloway cocía su vestido para la fiesta, recibió una inesperada pero placentera visita, Peter Walsh, si, aquel que ella rechazó años atrás y quien tan estoicamente seguía -a pesar de estar a punto de separarse de su esposa y casarse con una joven de la India- enamorado de ella.
El día de Clarissa se complicaba cada vez más, sus recuerdos refulgían como sol de medio día y su tristeza se espesaba a medida que transcurrían las horas. Pero ella no era la única que se encontraba sumida en sus pensamientos aquel día, a unas cuadras de su casa, Rezia sufría al ver el estado de su esposo, ella prefería verlo muerto que de aquella manera. Septimus era un hombre egoísta, puesto que con sus amenazas de suicidio era Rezia quien sufría, pero ella encontraba consuelo en el hecho de que amar nos convierte en seres solitarios. Rezia amaba a Septimus y no lo iba a abandonar.
Y en cuanto a Peter Walsh, aquel romántico filibustero, cruelmente rechazado, ese día después de haber visitado a la Señora Dalloway, tampoco pudo evitar pensar en su juventud, aunque meditó un poco más en su madurez, en que ahora a los cincuenta y tres años sentía que había dejado de necesitar a la gente, pensaba en que ni siquiera tenía ganas de seguir diciendo a las mujeres que son hermosas -pero va a dejar a su esposa para casarse con una joven de veinticuatro años-.
Peter Walsh pensaba en Clarissa, y en lo fría que seguía siendo, tras un largo ir y venir de pensamientos -entreteniéndose observando a una triste pareja que vio en el parque, quienes parecían necesitar ayuda, pues la mujer se veía realmente triste (Rezia) y el hombre alterado (Septimus)- llegó a la conclusión de que: las mujeres no saben lo que es la pasión. No saben lo que la pasión significa para los hombres.
Pero ya bastaba de disertaciones acerca de la madurez, la pasión y lo que pudo haber sido, importa es el presente y el hecho de que La señora Dalloway, (ya no más Clarissa), lo había invitado a su fiesta y ella sería como siempre anheló; la anfitriona perfecta.
Mientras Clarissa cocía, Peter meditaba, Rezia lloraba; Septimus se preguntaba: ¿Puede ser que el mundo carezca de significado en sí mismo?, ¿Cuál es el mensaje oculto tras la belleza de las palabras? Y a su vez afirmaba: La clave secreta que cada generación pasa a la siguiente significa aborrecimiento, odio, desesperación. Y allí sumergido en su razonamiento estaba seguro que el pecado por el que la naturaleza le había condenado a muerte, era el no sentir, el no haber sufrido la muerte de su amigo Evans en la guerra.
Evans... a quien ahora veía y con quien conversaba en cualquier lugar. Evans era quien le decía: ¡Mátate por nosotros!, y así lo hizo, mientras Rezia acudía al llamado de la puerta, Septimus, que no aguantó más lo implacable de la naturaleza humana, se lanzó por la ventana. El telón cerro para Septimus y Rezia, pero para Clarissa y sus invitados la obra estaba empezando, o mejor dicho, la fiesta. Y fue una magnífica fiesta, llegaron la mayoría puntuales, unos impuntuales como el Dr. William Bradshaw y su esposa -debido al suicidio de un joven que el doctor estaba tratando y, segundos antes del funesto final él estaba llamando a la puerta del suicida-
La fiesta contó con la presencia (aunque no fue invitada) de Sally Seton, quien había cambiado tanto, incluso Clarissa pensó que su voz había perdido aquella arrebatadora riqueza de antaño. Y allí estaba La señora Dalloway... como siempre quiso estar, rodeada de gente respetable, siendo el centro de atención, luciendo impecable y con sus dos mejores amigos que la amaban (uno más que el otro, de hecho a Peter le había destrozado la vida).
Alli estaba La señora Dalloway... realizando una ofrenda por amor a la ofrenda, pero en su estólido egotismo se preguntaba: ¿Por qué el Dr. Bradshaw tenía que hablar de muerte en mi fiesta?, ¿Por qué habló del joven que se suicidó?.
Y allí estaba la señora Dalloway... en su ventana pensando en la muerte, afirmándose: ¡La muerte es un desafío!, ¡La muerte es un intento de comunicar!.


RECOMENDACIONES:
Mrs. Dalloway (1997), de la directora: Marleen Gorris.


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