Una vida silenciosa

Esta reseña es sobre una clásica novela de aventuras que a finales del siglo XIX fue considerada la novela inglesa más popular de todos los tiempos, el segundo libro más leído después de la biblia (esta es una coincidencia, como ya lo mostraré adelante), la novela de aventuras por antonomasia y, ningún otro libro de la literatura occidental a finales de dicho siglo contó con más ediciones, traducciones e imitaciones.
Robinson Crusoe (1719), del escritor inglés Daniel Defoe, relata la maravillosa vida de proezas del joven Robinson Kreutznaer, o más conocido como Robinson Crusoe.
El protagonista proveniente de la ciudad de York, Inglaterra, procedía de una familia de clase media, categoría a la cual su padre se sentía orgulloso de pertenecer, puesto que según él, las clases más altas y bajas son las que caen siempre en las calamidades. En cambio la clase media carece de la pasión de la envidia y el ardor secreto de la ambición de cosas grandes.
Robinson vivía con su madre y padre, era el tercer hijo y el único que quedaba en casa. El mayor de sus hermanos fue teniente coronel de un regimiento de infantería inglesa y murió en la batalla de Dunquerque contra los españoles; el segundo hermano desapareció, ni sus padres ni él sabían de su paradero y estado.
Al ser Robinson ahora el único hijo, su familia tenía las esperanzas de que iniciara una vida laboral, ya que su padre, un hombre sensato y severo, estaba a causa de la gota recluido en su habitación. Pero mientras las ilusiones de su padre y madre yacían en él, este tenía en mente otra senda. En su interior se albergaba un fiel sentimiento hacia la aventura y, aunque sus padres se opusieron a ello y el padre decidió no darle su bendición, Robinson se aventuró y marchó un año después de decidirlo.
La primera aventura de este protagonista inicia cuando se embarcó hacia Londres, sin decir adiós a sus conocidos, a su familia y muchos menos recibir la bendición mencionada. Robinson zarpó el primero de septiembre de 1651.
Acá empiezan las ¿aventuras? o ¿desventuras?, del joven Robinson que para infortunio suyo durarían más de lo que auguraba. Las epopeyas van desde: el rapto por parte de piratas españoles; convertirse en esclavo del capitán del barco pirata; escapar de su amo robando su chalupa; arribar a la Guinea Ecuatorial habitada por “salvajes” -que comían carne humana- y “monstruos feroces”; toparse con una embarcación brasileña en medio de su huida, la cual lo salvo y acogió. Robinson llegó a Brasil, allí habitó durante cuatro años y se convirtió en un prospero agricultor de tabaco, con una fortuna formidable.
Pero como el exceso de bienestar muchas veces constituye el medio de nuestra mayor adversidad, Robinson deseoso de obtener más fortuna de la que ya trabajosamente había obtenido; decidió marchar con sus salvadores y ahora nuevos tripulantes hacia África, con el fin de traficar esclavos negros para vender en Brasil.
Embarcaron el primero de septiembre de 1659, el mismo día en que cumplía ocho años de haberse separado de sus padres con el fin de “ser rebelde a su autoridad y tonto por su propio interés”. El barco en que se lanzaron a alta mar, tenía 17 hombres a bordo, 6 cañones, comida, licor, dos gatos, un perro y “chucherías” como: pedazos de vidrio, conchas, pequeños espejos, cuchillos, tijeras, hachas, etc., para el tráfico con los negros.
Durante 12 extenuantes días de navegar contra un mar que no estaba para nada a su favor, iba desfalleciendo la esperanza de llegar a su destino, el barco se encontraba sumamente averiado, aun así debían continuar y decidieron buscar las islas del Caribe. El propósito no fue llevado a cabo, puesto que faltando poco para llegar a tierra, el barco naufragó, las olas acabaron con él, con todo, de los 17 tripulantes, solo uno quedó con vida y llegó a pisar tierra, es más se convirtió en gobernador de su propio reino.
Robinson habitó una isla desolada por 28 años, la hizo su hogar, se adaptó a la soledad y a la vida silenciosa de una manera admirable, se convirtió en granjero, artesano, carpintero, mecánico, matemático, soldado, alfarero, matarife, en fin. Gracias a su inteligencia, capacidad de raciocinio y de adaptación, Robinson de lo único que carecía era de sociedad humana, el deseo de compañía y el placer de conversar era lo que más extrañaba, aunque le enseñó a hablar a un loro al cual llamó Poll y gracias a él se disiparon sus angustias.
La mentalidad de Robinson a medida que transcurrían los años fue tornándose diferente, su afecto hacia el lugar donde vivía se iba transformando con el paso del tiempo, lo que en un momento llamó su choza, paso a ser: casa, hogar y por último castillo. Y es que Daniel Defoe a través de este cambio de pensamiento evidente en el protagonista, muestra el hallazgo de consuelo embebido en las mayores de las desgracias.
Consuelo que Robinson advirtió al saberse el único sobreviviente de todos los demás tripulantes; consuelo que encontró en arribar justamente en una isla con frutos, animales y agua dulce. Pero el consuelo más grande fue haber encontrado en los restos de la embarcación una biblia y a partir de ella, de una lectura exhaustiva durante los 28 años de destierro, logró una ferviente creencia en Dios y sobretodo en la providencia y sus designios divinos.
Transcurrieron 25 años hasta que Robinson tuvo contacto humano, el trato fue con los llamados salvajes, a los que les temía sobremanera y a quienes en los últimos años de su estancia pudo apreciar, ya que ellos navegaban hasta la isla de Robinson para realizar los sacrificios humanos.
Robinson, se decidió a salvar a uno de los sacrificios, -esta tarea había embargado su mente durante años- con el fin de tener con quien conversar. Viernes, como decidió llamar al joven salvaje, (fue el día en que lo rescató) se convirtió en su fiel siervo, amigo y estudiante.
Viernes aprendió todo sobre la manera en que Robinson vivía, todas las tareas que se debían llevar a cabo juiciosamente en la isla. Con Viernes, Robinson vivió 3 años en perfecta felicidad. Pero... las aventuras aún no terminan, tiempo después anclaron en la isla nuevamente salvajes con sus sacrificios. Robinson y Viernes decidieron intervenir cuando se dieron cuenta que uno de los sacrificios era un europeo, pues lo salvaron y también a la otra ofrenda que resultó ser el padre de Viernes.
Ahora todos eran siervos y fieles súbditos de Robinson, le debían ni más ni menos que sus preciadas vidas. Robinson poseía 3 súbditos de diferentes religiones: protestante, pagana y cristiana; a quienes, dicho sea de paso, les concedió la libertad de conciencia.
Robinson abandonó la isla un viernes 19 de diciembre de 1686, después de haber permanecido en ella 28 años, dos meses y diecinueve días. ¿Cómo la abandonó?, ¿Quiénes quedaron habitando su sutil paraíso terrenal?, pues los invito a leer la historia, puesto que a la maravillosa vida aventurera de Robinson Crusoe le falta mucho por contar.


RECOMENDACIONES:
Les aventures de Robinson Crusoë (1902), del director: Georges Méliès.
Robinson Crusoe (1954), del director: Luis buñuel.
Man Friday (1975), del director: Jack Gold.
Robinson Crusoe (1997), de los directores: Rod Hardy, George T. Miller.

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