La vanidad del dolor
Esta
reseña comprende una afamada obra de la literatura universal. Grandes esperanzas
(1860) del célebre escritor inglés Charles Dickens. La pieza es una
maravillosa historia de drama, que ahonda en los sentimientos inseparables del
ser, como lo más lúgubre y despreciable del mismo. La transfiguración del ser humano
a través de su vanidad y la decadencia y soledad que se obtiene como resultado
de la primera, es el tema principal de la obra.
Grandes
esperanzas se centra en la vida de Felipe un niño de siete años, más conocido
como “Pip”. Él vivía con su hermana y su cuñado, Joe, pues sus padres murieron
cuando apenas era un bebé, poco o nada recordaba de ellos. La vida de Pip era
triste y sufrida, su hermana, quien se enorgullecía de haberlo criado “a mano”,
creía que esto le daba derecho a tratarlo mal, lo agredía y humillaba
constantemente, disfrutaba golpearlo con un bastón al cual llamaban “Thickler”.
Por otro lado se encuentra Joe, quien era su único amigo y confidente, a diferencia
de su hermana él era bueno y servicial.
Joe
era el herrero del pueblo, bastante conocido por su buen trabajo, su justa
forma de ser y cómo no, por ser golpeado por su esposa, de allí a que no se
inmiscuyera (como él hubiese deseado) cuando ésta golpeaba a Pip. A pesar de
que la vida de Pip era triste y ordinaria (y a eso se sumaba el hecho de ser
moralmente tímido y muy sensible) tenía esperanzas, la más grande de ellas, era
llegar a ser el aprendiz del herrero. Joe era lo único que lo reconfortaba en
ese triste lugar, la única persona que lo instruía sabiamente a pesar de lo
poco que sabía, y la ilusión de trabajar algún día a su lado germinaba día a día
en su interior. Pero las esperanzas de Pip estaban a punto de cambiar
formidablemente…
Una
tarde Pip se encontraba caminando (como solía hacerlo) por los marjales situados
cerca de su hogar que lo conducían hacia las tumbas de su madre y padre, allí
solía ir a meditar. Ese día se topó con un fugitivo, que se había escapado de
los pontones que servían de prisión y se divisaban a lo lejos. El prófugo
amenazando a Pip, le exigió que al día siguiente le llevara una lima para
cortar su grillete, un poco de comida, y no referirse a nadie sobre el
encuentro, de lo contrario, le devoraría el corazón y el hígado.
Sumisamente
Pip al amanecer fue lo primero que hizo, ya que en toda la noche no durmió
pensando en el temor que le daba aquel hombre de cruel aspecto. Pese a todos
los peligros que acarreaba el robar comida de su casa, Pip le otorgó los
siguientes manjares al fugitivo: pan con manteca (que era su cena de la noche
anterior, pero prefirió guardarla para el hombre), un pastel de cerdo, vino y
aguardiente. Manjares que su hermana tenía destinados para noche buena. El
fugitivo agradecido, jamás olvidaría el amable gesto de Pip, pese a que días
después lo capturarían junto a otro prófugo en medio de una riña entre éstos. Pasaron
días desde el encuentro de Pip con el fugitivo y pasarán años, para que Pip se
vea obligado a evocar y contar la historia que marcaría sus nuevas esperanzas.
Resulta
que en la ciudad vivía una misteriosa dama con su sobrina en una gran y
olvidada mansión de nombre Satis. La señorita Havisham se llamaba la primera y
Estella la segunda, una hermosa niña de la misma edad de Pip, pero a pesar de
su hermosura había algo extraño en ella, y era su mirar, Estella no expresaba
nada, pues no tenía sentimientos, su corazón era frío como un tempano de hielo
y su mirada vacía. La señorita Havisham pasaba su vida encerrada junto a
Estella sin distracción alguna, se encontraba fatigada, no soportaba ni a los
hombres, ni a las mujeres e invitó un día a Pip a que jugara. Deseaba verlo
jugar.
La
casa, según Pip, era un lugar nuevo, extraño, elegante y melancólico, la
oscuridad embadurnaba cada sucia y fría estancia. Todos los relojes se habían
detenido a las 9:20, las cortinas no se corrían y en una gran habitación, que
antaño sirvió de salón de ceremonias se encontraba una mesa, en cuyo centro se
concentraba un gran hongo devorado por cucarachas y éstas a su vez estaban
siendo la vianda de las hormigas. Tiempo después Pip se daría cuenta que ese
hongo años antes, incluso de que él naciera, fue un maravilloso pastel de
bodas. Al pararse los relojes, también se paró el tiempo en aquel misterioso
lugar...
Cuando
Pip por fin se encontró frente a frente con la señorita Havisham, se sorprendió
al ver su aspecto marchito, era una mujer entrada en edad, sentada frente a su
tocador y luciendo lo que en algún momento fue un hermoso vestido de bodas, el
cual a pesar del desgaste del tiempo y el polvo seguía conservando la belleza,
tenía hermosas joyas puestas, sus medias de seda habían sido remendadas
múltiples veces y le faltaba un zapato. Al ver la mirada escrutadora de Pip
ante aquel escenario, la señorita Havisham no pudo evitar pensar: “Tan nuevo
para él y tan viejo para mí”.
La
señorita Havisham tan extraña como su hogar, tenía otras intenciones para Pip,
además de verlo jugar solo o, en ocasiones con su sobrina. Ella había criado a
Estella para que se divirtiera destrozándoles el corazón a los hombres y con
Pip empezaría dicho mandato. Su tía
deseaba que lo hiciera como medio de venganza hacia todos los hombres, como
manera de exculpar la humillación a la que fue sometida años atrás por su
prometido, aquel que la dejó esperando el día de su boda a las 9:20, también la
traición y robo que sufrió por parte de su único hermano que la odiaba,
confabulado con aquel que fingió amarla. La señorita Havisham estaba decidida,
a través de Estella se vengaría de los hombres y así robándose su corazón y
sustituyéndolo por un trozo de hielo, le evitaría su propia desgracia. “¡Destroza
sus corazones, orgullo y esperanza mía! ¡Destroza sus corazones y no tengas
compasión!”
Hasta
acá las esperanzas de Pip varían, pues aunque siguen centrándose en el hecho de
ser ayudante del herrero, ello ya no lo hacía sentir distinguido y feliz; pues
ahora debía divertir a la Señorita Havisham y admirar cada día la belleza y
humillación de Estella, quien cada vez lo hipnotizaba más con sus desprecios:
“Aquí no tengo ninguna bondad, ninguna simpatía, ningún sentimiento ni ninguna
de esas tonterías”, le refería. Años después llegaría a la triste conclusión de
que en compañía de Estella jamás gozó de una sola hora de felicidad y, sin
embargo, durante las veinticuatro horas del día no pensaba más que en tenerla a
su lado hasta el día de su muerte.
La
vida de Pip iba cambiando poco a poco, una tarde mientras él y Joe se
encontraban ausentes de la morada, al llegar a ésta encontraron a la policía y
algunos curiosos, ¿la razón?, alguien había irrumpido en el hogar y golpeado
cruelmente con una cadena de acero (propia de los grilletes de los presos) a su
hermana en la cabeza y espalda con el fin de matarla. Como resultado ella
sufrió una cuadriplejia.
Pasaron
algunos años después del fatídico evento, Pip ya ostentaba 17 y cada vez se
acercaba a cumplir la posición de ayudante de herrero que antes deseaba, pues
mientras más tiempo pasaba en la casa Satis, menos satisfecho de su hogar y de
su oficio se sentía, se avergonzaba de sí mismo. En medio de su desazón, se
resignaba al hecho de olvidar a Estella, pues la única manera de estar con
ella era siendo un caballero y, claramente la situación económica de su hogar
no se lo permitía.
Una
noche a la humilde morada arribó un respetado y afamado abogado, el señor
Jaggers, argumentando que Pip tenía un bienhechor, el cual de ahora en adelante
se haría cargo de todos sus gastos, debía trasladarse inmediatamente a Londres
y empezar a ser un caballero. Pero comprometiéndose a cumplir dos condiciones:
nunca más podría llamarse Felipe, sino conservar como nombre Pip, y jamás
trataría de averiguar quién era su discreto benefactor, hasta que este
decidiera revelarlo.
Indudablemente
aceptó y su hermana la única que hubiese podido oponerse, no pudo hacerlo… La
despedida de él y Joe fue triste, los dos se querían, eran los mejores amigos,
también se despidió de la señorita Havisham y Estella, creyó erróneamente por
varios años que la primera era su benefactora, estaba convencido que ella lo
quería convertir en todo un caballero para destinarlo a su sobrina, este ficticio pensamiento alimentó durante años falsas esperanzas en Pip.
Se
habituó fácilmente a Londres con ayuda del señor Jaggers, y conforme empezó a
tener dinero se dejó dominar por él, lo gastaba inmediatamente, se endeudaba,
su actitud empezó a ser soberbia, arrogante y desleal. La gente lo empezó a
odiar, con el odio que despierta la codicia y el desengaño, sin embargo lo
lisonjeaban por su prosperidad con la mayor bajeza, cosa que repudiaba y a la
vez le encantaba.
Se
olvidó de su familia, del buen Joe, aquel herrero armonioso que tanto había
hecho por él. Pero a la señorita Havisham no le fue desleal ni un segundo,
Estella también se mudó a Londres, y cada vez ilusamente se convencía de que la
señorita Havisham lo había predestinado a estar con ella.
Hasta
que una noche exactamente a las once en punto, mientras se encontraba leyendo a
oscuras en su apartamento, alguien llamó a la puerta. Abrió y se sorprendió al
ver un desconocido y tosco hombre que se abalanzó a la estancia. El hombre tomó
asiento y le narró una historia sobre un prófugo y un niño. Sí, aquel
desconocido que tenía en frente, ya no tan desconocido, era el fugitivo que
había ayudado años atrás. Y este hombre a quien temía y despreciaba con todo su
corazón era el mismo que estaba costeando su opulenta vida. Abel Magwitch, como
dijo llamarse, era nada más y nada menos que su tutor, la misteriosa persona
que le había procurado un “hermoso porvenir”.
Abel
Magwitch jamás olvidó el día que el niño lo ayudó, y desde ese instante se juró
que cada centavo que ganara, sería para convertir al niño de entonces, en un
joven caballero. Por eso se volvió a fugar y llegó al Nuevo Mundo, allí trabajó
arduamente, criando ovejas, reces y finalmente especulando. Gracias a dichas labores contaba
con una buena fortuna y algunos bienes, todos destinados al joven Pip.
Magwitch, pletórico de alegría y esperanzas no se daba cuenta de la expresión
de desconsuelo y desprecio de Pip, pues para él todas sus esperanzas se habían
derrumbado. Pip sentía repugnancia por el hombre que tanto había hecho por él.
Sus
esperanzas se destruyeron por dos motivos: primero, al saber que una persona a
la que odiaba, por el hecho de ser un criminal, era su tutor; segundo y más
humillante, porque siempre había creído que la señorita Havisham lo estaba
destinando a su sobrina y por eso quería lo mejor para él. Ahora se daba cuenta
de que jamás debía considerar nada por su aspecto, sino por su evidencia. Lo
que hiciera o dejara de hacer no era de importancia para ninguna de ellas, la
señorita Havisham hubiese preferido que fuera un ignorante.
Pip
resignadamente aceptó a Magwitch, de hecho lo hizo sobre todo al saber que
estaba arriesgando su vida, pues éste había sido desterrado de por vida (a los
deportados que regresaban los colgaban en la plaza). Pasaron los meses y
después de un intento fallido de fuga al extranjero de Magwitch junto a Pip, el
primero fue capturado y sentenciado a muerte, como estaba gravemente herido,
moriría cinco días después, mientras agonizaba, Pip que días antes había
descubierto que la hija a quien Magwitch creyó muerta estaba viva, se lo dijo
y, además el hecho de que él, su caballero de Londres la amaba desde que la
conoció apenas siendo un niño. Su bienhechor sólo pudo responder con un leve
apretón de manos, pero en su rostro se evidenció por primera vez el sosiego.
Su
hermana había muerto y el causante de su nefasta agresión, fue el ayudante de
herrero que tenía Joe. Orlick, un despreciable personaje que odiaba todo cuanto
se movía, principalmente odiaba a Pip. La señorita Havisham también murió,
fruto de unas quemaduras que se esparcieron a través de su vestido de novia,
mientras contemplaba el fuego de la chimenea, Estella se casó con el joven
Wemmick (un caballero enemigo de Pip), quien le daría una vida de mal trato,
hecho por el que ella se separaría. Pip perdería todo el dinero y bienes de
Magwitch al ser capturado.
Años
después Pip y Estella se encontraron por casualidad en la noche, junto a las ruinas
de la casa Satis, en el jardín donde se conocieron, el que fue testigo de las
lágrimas (y no las últimas) que Pip vertió por ella, el que presenció el primer
beso que éste le daría. El jardín ahora mantenía a una maltrecha Estella, que
conservaba levemente una fugaz hermosura y algo diferente en sus ojos, ahora
estos ¡parecían sentir!, el jardín también sostenía a un arrepentido y golpeado
Pip, ahora más sabio y más leal.
Y
allí en las ruinas de lo que antaño fue un frondoso jardín, se situaban dos
seres que manaban el vestigio de lo que fueron alguna vez. Ahí existían dos
piezas substanciales en un juego perpetrado por la vanidad del dolor. En las
ruinas de la casa Satis tímidamente se miraban dos desdichados que nunca más se
separarían.
RECOMENDACIONES:
Grandes
esperanzas (1998), del director mexicano Alfonso Cuarón.
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