Una verdadera amante
Esta
reseña es sobre una novela de realismo que nos sumerge en la Francia del siglo
XIX, aquella en la que después de llevarse a cabo La Revolución Francesa, la
burguesía se establece para tomar un papel preponderante como fuerza política
dominante en el país. Madame Bovary (1857), del escritor francés Gustave
Flaubert, es una crítica magnifica que al autor hace al ambiente vivido en
aquel periodo.
Gustave Flaubert a lo largo de las 392 páginas, transporta al lector en un primer momento hacia la triste y aburrida vida de Charles Bovary, quien en ese entonces apenas era un niño que sufría de malos tratos en la escuela a causa de sus compañeros. Charles siempre se destacó por poseer una actitud tranquila y desinteresada al mundo que lo circunda, asunto que perjudicará enormemente a la protagonista de la pieza.
Gustave Flaubert a lo largo de las 392 páginas, transporta al lector en un primer momento hacia la triste y aburrida vida de Charles Bovary, quien en ese entonces apenas era un niño que sufría de malos tratos en la escuela a causa de sus compañeros. Charles siempre se destacó por poseer una actitud tranquila y desinteresada al mundo que lo circunda, asunto que perjudicará enormemente a la protagonista de la pieza.
Madame
Bovary, es una obra apasionante y desgarradora, y todavía más si repasamos la
época en que se publico, en una sociedad invadida de convencionalismos
sociales, en la que estaba prohibido hablar sobre temas marginados como la
infidelidad y la lujuria; aspectos que serán la quintaesencia de la obra.
Charles
Bovary terminó difícilmente sus estudios de medicina, disfrutó de las pasiones
carnales, sació su sed en los bares y, además, consiguió una esposa, bueno, en
realidad fue un matrimonio arreglado por su madre. La mujer era una viuda, unos
años mayor que él y veía la necesidad de casarse nuevamente. La desgraciada
mujer murió a los 14 meses de contraer matrimonio con Charles, él no lo lamentó,
pues nunca la había amado. Charles heredó la casa de la viuda situada en la comuna
francesa Vassonville.
Días
anteriores a la muerte de su esposa, Charles había viajado a una granja de
nombre Les Bertaux a pocos kilómetros de la ciudad para atender una pierna
fracturada de un jovial, próspero y amable señor “Tío Rouault”, quien tenía una
joven hija llamada Emma. Charles se fascinó con Emma y al año de que su esposa
hubiese fallecido, decidió pedirle matrimonio, ella aceptó y lo lamentaría por
el resto de su vida…
Emma
ahora convertida en Madame Bovary, dejó su vida provinciana y se trasladó a
Vassonville junto a su esposo. Madame Bovary, en su nuevo hogar, en los brazos
de su esposo, no podía imaginarse que aquella calma insoportable fuera la
felicidad de la que tanto había escuchado y anhelaba ferozmente.
Ella
sabía que la vida era algo más, tenía que serlo, no podía creer que su nueva existencia
se centrara en higienizar el consultorio de su esposo y ser exhibida por él
ante sus pacientes, alabando su belleza. Seguro que había algo más y ella lo
deseaba…
Emma
no amaba a Charles, nunca lo había hecho y jamás lo haría, mientras que Charles
cada día sentía que su amor crecía, la veía más hermosa y se sentía orgulloso
de sí mismo por estar a su lado. Por otro lado, la madre de Charles la
consideraba una mujer prepotente, “con un tono demasiado subido para su
posición económica”, y es que Madame Bovary quería más, gastaba dinero
comprando alhajas y adornos innecesarios, obtenía las últimas revistas de moda
de Paris, le confeccionaban los vestidos que quería, ella deseaba dejar atrás
aquella vida lugareña que tanto despreciaba, pero la de ahora, tampoco le era
suficiente. Madame Bovary vivía con en una sed constante de magnificencia.
Charles
producía el desconsuelo en Emma, no la entendía y no hacía el nimio esfuerzo
por querer hacerlo. Era apático, se preocupaba solamente por su oficio, no conocía
nada sobre la vida, solamente hablaba sobre asuntos médicos, no había otro tema
en su hogar, nunca había viajado y no conocía las alegrías mundanas. Madame
Bovary, solo encontraba satisfacción en las charlas con su suegro, quien fue
tiempo atrás un mujeriego, filibustero y bebedor.
A
Madame Bovary cada vez la exasperaba más la existencia de Charles. Cierto día
Emma conoció la vida burguesa, pues invitaron al doctor y a su esposa a una
reconocida fiesta, estar en ese sitio prolongando la ilusión de aquella vida de
lujo que pronto tenía que abandonar, le había dejado algo encima que ya nunca
se borraría... Añoraba los bailes, el bullicio, el licor, los trajes, la
comida., estos deseos concluían en el desprecio a su marido, pues pensaba que
él era la causa de que su vida no fuera semejante.
Madame
Bovary confundía las sensualidades del lujo con las alegrías del corazón. Ella
quería viajar o regresar al convento donde se crío; deseaba a la vez vivir en
Paris o morirse…
¡Charles
no tenía ambición! Era lo que más la encolerizaba, al punto de despertarse en
ella una enfermedad nerviosa, producto, según Charles, del trajín de la comuna,
y decidió que lo mejor para su esposa, era trasladarse a un pacifico pueblo
llamado Yonville.
El
pueblo estaba habitado por pocas personas con ansías de conocer al nuevo doctor
y a su hermosa esposa, (quien al llegar ya se encontraba en estado de
gestación). Uno de los habitantes del pueblo que anhelaba conocer a Emma, era
León, un bello joven estudiante de derecho, que se encontraba haciendo su
pasantía como asistente del notario. Madame Bovary y él se enamoraron
inmediatamente, entre ellos nació un amor prohibido. Con León se divertía
jugando al domino y escuchando los versos que le recitaba, a León cada día lo
encontraba más encantador; mientras que a Charles cada vez más simple.
Este
amor prohibido mientras León estuvo en el pueblo no trascendió a los actos,
Emma no le correspondía como los dos codiciaban. León le insistía que
escaparan, que se fugaran, pero ella se negó. Por eso él decidió marcharse de
Yonville hacia la ciudad. Estaba cansado de amar sin resultado. Se fue y con él
se había ido el único encanto de su vida, la única esperanza posible de una
felicidad, ¿Qué había tenido de bueno su vida? ―Se preguntaba Madame Bovary―
Berta
se llamo la hija de Madame Bovary, su instinto maternal se vio atenuado desde
el principio. Por Berta más que amor, sintió compasión, la ataba a la
infelicidad igual que su padre.
Hasta
que un día al consultorio de Charles arribó un bello caballero con su mozo, el
último precisaba urgente al doctor. Rodolfo Boulanger se llamaba el caballero,
un burgués que habitaba un gran palacio al final del bosque, su riqueza era tan
grande como su facilidad para engañar a las mujeres, inmediatamente notó la
desventura de Emma y las codicias que ésta encerraba.
Tras
le pena de haber perdido a León, Madame Bovary estaba renuente a iniciar algún
tipo de relación con otra persona, hasta que Rodolfo haciendo uso de sus
habituales métodos, se salió con la suya. Se vieron 3 o 4 veces por semana
durante 4 años, a Emma la avivaba el peligro, disfrutaba escapar en la noche y
sentir su osadía al atravesar el oscuro y desolado bosque que la conducía a un
peligro mayor; los brazos de su amante.
Rodolfo
era un cruel seductor, engañó a muchas antes de Emma, les prometía que
escaparían juntos y sus vidas estarían basadas en el lujo y la opulencia, en un
principio pensó que Emma era diferente, pero no, se comportó como todas sus
amantes anteriores.
La
huida con Madame Bovary la aplazó al principio durante días, luego meses, hasta
que fue inevitable el advenimiento del día convenido, pero más que presentarse él
al amanecer, se presentó una carta. Después de semejante desilusión y ver
nuevamente sus sueños frutados, Emma entró en una depresión que la llevó a
padecer una fiebre cerebral durante 43 días.
Su
camino se toparía nuevamente con el de León y esta vez, no habría espacios para
lamentaciones o arrepentimientos, pues cada jueves asistía a la ciudad supuestamente
a clases de piano que le costeaba felizmente su indeseado esposo (Charles
decidió pagar las clases con el fin de que Emma se entretuviera y su estado de
salud no se viera afectado de nuevo. Inocentemente Charles creía que su esposa
era toda una intérprete, que cada día mejoraba en su instrumento), pero en
realidad viajaba para encontrarse con su amor prohibido, aquel que la hacía
olvidar por un día de su miserable vida, y mientras que aquel día llegaba se
imaginaba el placer de su arribada.
Emma
se deleitaba en el adulterio y cuanto más se entregaba a uno, más detestaba al
otro. Charles ni se enteraba de sus cambios físicos como mentales, constantemente
adquiría más lujos, hacía encargos de objetos que no eran necesarios, lucía más
hermosa y fresca, estaba tranquila, era lo único que le importaba a Charles,
quien cándidamente no sospechaba ni por asomo, que Madame Bovary cada vez se
endeudaba más y, de paso a él.
El
tiempo envejece todo lo que nos rodea, y no hace excepción alguna con el amor.
Madame Bovary estaba hastiada de León y él se cansó de ella. Emma encontraba en
el adulterio todas las frivolidades del matrimonio.
Debía
cuantiosas sumas de dinero a causa del falso lujo que se daba, los pagarés no
daban abasto y ello lo ocultaba de su esposo. Poco a poco Madame Bovary iba
enloqueciendo a causa del peso de sus mentiras. ¡Toda su vida había sido una
mentira!
Una
tarde dirigiéndose a su habitación, consumió grandes puñados de un polvo blanco
que estaba en un estante, el polvo ya lo sabía ella, era arsénico. Tras una
larga agonía, que dio tiempo a que llegaran (inútilmente) de la ciudad dos de
los doctores más renombrados, Madame Bovary murió.
Sucumbió
la mujer que encontró en la concupiscencia una salida momentánea a su miseria emocional,
una mujer que desafió a la sociedad conformista y mojigata que la rodeaba.
Madame Bovary siempre estuvo en contra de una sociedad habitada por vidas que
se ahogan e ilusiones que se pierden en ella.
Madame
Bovary se llevó a la tumba dos elementos fundamentales: al ser que tanto
despreció (pues Charles a los pocos días se dejó morir con la esperanza de una
vida futura donde la volvería a ver) y la rúbrica de haber sido: una verdadera
amante.
RECOMENDACIONES:
El
amante de Lady Chatterley (1928), novela del escritor británico D.H. Lawrence.
Madame
Bovary (1991), película del director francés Claude Chabrol.
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