Un pilar sin remedio
Pilar sacó el último Pielroja que tenía, y con su pie
recostado en la pared desgastada de la vieja residencia en la que había
trabajado durante más de veinte años, desafiando el frío habitual de aquella
ciudad que se convirtió en su refugio cuando salió obligada del pueblo, recordó
la niñez en que se llamó Aurelio.
En el pueblo vivió con su madre Remedios, a quien
conoció vieja, nunca tuvo un recuerdo más allá de su rostro arrugado y sus
manos desgastadas por el lavado habitual de ropas ajenas, aunque, según decían
los hombres, Remedios fue tan bella que cuando pasaba cerca de la multitud el
tiempo se detenía con el único fin de ser testigos de su preciosidad y el olor
a melocotón que emanaba.
Pilar y Remedios se adoraban, la última a pesar de su
edad (aunque Pilar nunca la supo) y de haber cursado hasta tercero de primaria,
tenía una inteligencia que superaba la de cualquier sabio, de ahí a que creara
una biblioteca en la habitación de los checheres.
Aurelio se dirigió a la biblioteca en busca de algún libro
que sirviera para acallar los insultos que había recibido esa mañana en la
escuela. Atraído por un galeón azulado que parecía flotando en medio de una
selva y bajo él tres flores amarillas, decidió dedicar sus próximos días a
aquel desvencijado libro llamado: Cien años de soledad.
En la escuela, en la plaza, en la orilla del río, en
su casa, solo o acompañado, Aurelio se perdía dentro de las páginas del libro viejo
y carcomido por los insectos bibliófagos. Un día soleado como eran habituales
en el pueblo, Aurelio se encontraba con su amante y amigo Joaquín acostados de
espaldas a orillas del río leyendo el viejo libro, para ese entonces, estaba
fascinado con Pilar Ternera la madame y adivina de la obra.
Los primeros golpes no los vieron venir, cuando iban a
soltar otra ráfaga, Aurelio alcanzó a reaccionar y sujetó la varilla que ya
estaba untada de sangre, Joaquín no reaccionaba. ¡La sangre es de él!, pensó
agitadamente, mientras dos de los tres adversarios continuaban golpeándolo en el
suelo. Aurelio se enfrentó a uno de ellos, pero sabía que no tendría
oportunidad y decidió correr a pedir ayuda, cuando logró que algunos ancianos y
un policía fueran al lugar, Joaquín yacía sin vida con el libro deshojado en su
pecho.
“Pueblo chiquito, infierno grande” repetía Remedios,
quien, aunque Aurelio nunca le contó sobre el amor y los actos derivados de este
con Joaquín, era consciente de ello, así como del dolor que sentía su hijo. Esa
noche llegaron las primeras amenazas, uno de los atacantes era hijo del
alcalde. Aurelio con una pequeña caja y una mochila en su hombro decidió
partir, dejando a Remedios entre sollozos.
Recostada en la pared evocaba esa época Pilar,
cuando sin previo aviso y causando en ella un sobresalto se acercó un cliente.
Nunca lo había visto, pero la noche estaba desolada y antes de dormir no le
caería mal un poco de dinero, además, ya iba a ser fin de semana y su sagrada
costumbre era enviarle a Remedios el dinero ahorrado. ¡Mañana temprano lo haré!,
se dijo así misma.
Pilar y el hombre pasaron el umbral de la residencia, y
pensó, como solía hacerlo desde hacía tantos años, en Pilar Ternera. Quería ser
como ella, tener su propio burdel, ser la madame y dueña, adivinar y ayudar por
medio del don a sus compañeras. Cuando estaba despojándose de su escasa
vestimenta con los ojos cerrados, sintió un dolor punzante y un calor que
bajaba por su ingle, tratando de aclarar la vista que se empezaba a nublar, vio
como el hombre escapaba de la habitación y ella tenía un cuchillo clavado en el
estómago.
Luchó por regresar a la descascarada pared inicial, y
aunque lo logró, Pilar sabía que era su final, entonces, deseó nuevamente tener
el don de Pilar Ternera para haberle enviado ese mismo día el dinero a Remedios
la que fue bella.
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