NUBARRÓN

 

Por: Laura Camila

Tuve un sueño maravilloso en el que “Nubarrón” no estaba y yo era feliz. Pero desperté y sólo con tocar mi frente, mis ojos y mi nariz supe que ahí estaba y, como buen nubarrón no tardó en traer la tormenta que salpicó mis cobijas. A mis 10 años me ha sido difícil acostumbrarme a tener mi “marca” ˗como dicen algunos˗, sería más fácil si no tuviera que ir al colegio. Desde pequeño he ido a muchos doctores y todos coinciden en que Nubarrón no es malo, aunque para mí lo es, me gustaría que no existiera y si es pedir mucho, entonces, que estuviera en mi espalda o en mi pecho. En el colegio, la niña más linda, me observa o, mejor dicho, a Nubarrón. Últimamente se quiere acercar, me alejo, no quiero que las primeras palabras que salgan de su boca sean: ¿qué es esa mancha en tu cara? O ¿puedes ver bien? Y la peor de todas: ¿puedo tocar? Hoy me tuve que rendir, me sorprendió mientras almorzaba en el patio de atrás, no pude escapar. ¿El tuyo da comezón? ˗preguntó- Al principio no entendí, hasta que alzó su sudadera y vi su Nubarrón en la pierna derecha. El de ella picaba y se le había hecho más grande, además, su textura era diferente a la mía. Nuestra amistad duró 2 años porque a mi niña no la volví a ver y en el colegio se hizo una ceremonia en su honor. Conocerla me ayudó a querer a Nubarrón porque él no es malo (como si lo fue el suyo) y no puedo negar que, entre toda la gente uniforme, Nubarrón me hace sin igual.    

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