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UN CANTO PARA JULIA

Recuerdo estar nerviosa por algo significativo y es que ese día le iba a cantar a los abuelitos. Era 25 de agosto Día de los abuelos en Colombia, y en la escuela se iba a realizar un homenaje. Yo me había ofrecido para entonar una canción llamada Mi viejo del cantante argentino Piero. Aunque era pequeña y como se dice en Colombia “avispada”, tenía nervios, estaba ansiosa (tanto que aún recuerdo ese sentimiento) porque iba a estar mi abuelita Julia. Ella se sitúo en los primeros puestos y esperó atenta a que yo subiera al pequeño escenario escolar. Cuando empecé sentí que los nervios se iban, pues, imaginé que estaba cantando solo para Julia, las demás personas desaparecieron para mí. Y aunque ella me había escuchado repetidas veces en la casa mientras practicaba, no pudo evitar que le asomara una diáfana lagrima sobre su mejilla. Después, todo fue alegría de parte de los espectadores, aplausos (para mi) y felicitaciones para ella. Yo me sentí satisfecha por haberle dado un concierto ...
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S er sabio que enseñaste a sentir el amar a un animal. I nmortalizaste tu llorar sonoro, tu pelaje color poniente, tu cola esplendorosa similar a la del ave real y esos ojos verdes claros que hacen sentir vacío a cualquier mortal. M erodeabas en busca de una víctima para atacar, sea ave, roedor o algún amigo similar. Te perdías en el alba, regresabas al amanecer. O lisqueabas y buscabas un lugar digno para tu cuerpo poner, recuperando alientos para el siguiente tropel. N unca habrá ser como tú, con tu particular forma de ser: alegre, salvaje, arisco, mimado, aventurero y soñador; dignas actitudes de un gato ricachón.

UN UNIVERSO EN MÍ

  Por: Laura Camila En mi cuerpo habita un universo desconocido (incluso para mí), tengo millones de estrellas, planetas, algunas vías lácteas, creo que dos lunas y uno que otro sol. Me encanta ostentar la maravilla que me habita, porque yo no habito el universo, él me habita a mí, encontró en mi cuerpo el espacio perfecto para vivir. Algunas personas me observan, claro, seguro les gustaría conocer algunos de los misterios que se esconden en mi piel, ¡pero bah! Si ni yo misma los sé. Lo que sí tengo claro es que, así como tratamos de conservar la vida en la tierra por medio de prácticas que sosieguen el cambio climático, yo empleo habilidades para el cuidado de mi universo y, aunque sé que nadie es tan única como yo, cabe la pequeña posibilidad de que, en algún lugar lejano, otro universo haya decido posarse en la piel de alguien más, por lo tanto, daré mis “claves de cuidado universal”. Me protejo del sol, salvaguardando mis soles, lo hago a través de protector solar, usand...

NUBARRÓN

  Por: Laura Camila Tuve un sueño maravilloso en el que “Nubarrón” no estaba y yo era feliz. Pero desperté y sólo con tocar mi frente, mis ojos y mi nariz supe que ahí estaba y, como buen nubarrón no tardó en traer la tormenta que salpicó mis cobijas. A mis 10 años me ha sido difícil acostumbrarme a tener mi “marca” ˗como dicen algunos˗, sería más fácil si no tuviera que ir al colegio. Desde pequeño he ido a muchos doctores y todos coinciden en que Nubarrón no es malo, aunque para mí lo es, me gustaría que no existiera y si es pedir mucho, entonces, que estuviera en mi espalda o en mi pecho. En el colegio, la niña más linda, me observa o, mejor dicho, a Nubarrón. Últimamente se quiere acercar, me alejo, no quiero que las primeras palabras que salgan de su boca sean: ¿qué es esa mancha en tu cara? O ¿puedes ver bien? Y la peor de todas: ¿puedo tocar? Hoy me tuve que rendir, me sorprendió mientras almorzaba en el patio de atrás, no pude escapar. ¿El tuyo da comezón? ˗preguntó- Al p...

Está por llegar

En el día posterior a la disputa hay una tensa calma que avisa que lo peor está por llegar. Aunque se dijo que las elecciones transcurrieron con “normalidad”, en aquellas zonas apartadas del ignorante conocimiento geográfico se presentaron cierres de vías, constreñimiento al sufragante, compra de votos, amenazas, muertes, y lo que no se dice o no se sabe. A pesar de eso, lo peor está por llegar. Lo maligno, lo bestial se siente acorralado, perseguido y vigilado cual Teseo al Toro Minos. No sorprende que en los siguientes días empleando su perversidad y con la ayuda de su séquito amorfo, maquiavélicamente planeen los sucesos que se han convertido en el paisaje natural de un país acostumbrado a la sangre distante, un horizonte sangriento que se revela cuando atraviesa la línea territorial de la indiferencia. Lo peor está por llegar y la frontera del desconocimiento territorial se cruzará.  

Un pilar sin remedio

Pilar sacó el último Pielroja que tenía, y con su pie recostado en la pared desgastada de la vieja residencia en la que había trabajado durante más de veinte años, desafiando el frío habitual de aquella ciudad que se convirtió en su refugio cuando salió obligada del pueblo, recordó la niñez en que se llamó Aurelio. En el pueblo vivió con su madre Remedios, a quien conoció vieja, nunca tuvo un recuerdo más allá de su rostro arrugado y sus manos desgastadas por el lavado habitual de ropas ajenas, aunque, según decían los hombres, Remedios fue tan bella que cuando pasaba cerca de la multitud el tiempo se detenía con el único fin de ser testigos de su preciosidad y el olor a melocotón que emanaba. Pilar y Remedios se adoraban, la última a pesar de su edad (aunque Pilar nunca la supo) y de haber cursado hasta tercero de primaria, tenía una inteligencia que superaba la de cualquier sabio, de ahí a que creara una biblioteca en la habitación de los checheres.     Aurelio se diri...

El buen palomo

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Cuenta la historia que su pariente más cercano fue el mochuelo de Atenea, de quien heredó la sabiduría y lealtad. Sobresale de sus simultáneos marginados, por su altura, peso y plumaje. "El buen palomo", apelativo atribuido por quienes lo conocen, carga con más de una veintena de años, es misterioso, solitario y algunos dicen que impotente... Una vez se enamoró, pero un acontecimiento digno de una tragedia griega le arrebató a su nívea compañera: una rata la devoró... desde entonces habita aisladamente en la buhardilla de un techo familiar gorjeándole infatigablemente a su digna soledad.